3 agosto , 2019

El Mass Media y la delincuencia: ¿Medios de información o desinformación?

publicado por CPCM

Desde tiempos inmemoriales, la raza humana siempre se ha visto atraída de forma altamente morbosa por aquello que esconde el lado más oscuro y primitivo del ser humano, aquello que se encuentra tras la línea roja de la moral y el civismo, y que hace que un sujeto se convierta en un auténtico cazador de hombres. Ese rompecabezas que, a modo de acertijo y por motivos que todavía no logramos entender a ciencia cierta, se esconde tras la mente de un criminal. No obstante, cuando un individuo cae en la cuenta de que, efectivamente, la realidad supera a la ficción, toda aquella fascinación que entronizaba en un primer momento el pensamiento desconocido de estos sujetos se torna de repente en una angustiosa repulsa.

En este sentido, para comprender mejor y analizar de un modo más lógico y retrospectivo el repudio, el terror y el pánico social que existe actualmente en nuestro país y en nuestra sociedad por este tipo de delitos violentos, debemos remontarnos hasta 1992; concretamente hasta la localidad valenciana de Alcàsser. Y es que, por desgracia, el caso Alcàsser se trata del episodio más emblemático en la historia criminológica y ocupa la memoria de España por dos razones. Por un lado, se trata de un suceso donde la maldad del ser humano cometió las atrocidades más retorcidas y tremebundas que el ser humano pueda siquiera imaginar. Por otro lado, este caso fue el episodio en el que nuestro país despertó en una vorágine sensacionalista y (me aventuro a afirmar) carroñera encabezada por los medios de comunicación.

Tanto para los que vivieron los acontecimientos, como para los que hemos aprendido de ellos posteriormente, nos está todavía marcada a fuego la clara imagen de los medios informativos de la época asaltando a las familias, realizando seguimientos exhaustivos y abusivos del caso e, incluso, publicando imágenes reales de los sucesos y de la investigación (aún estando esta bajo secreto de sumario). Como consecuencia, la expectación y el magno estado de conmoción de los españoles en aquel entonces devino de tal magnitud que, podemos afirmar sin tapujos que este suceso se convirtió en el origen del sensacionalismo y el populismo de los medios y la sociedad en nuestro país.

Desde aquel momento, el pánico y el terror de los españoles son fuertemente patentes. El miedo corre por las calles, consigue adentrarse dentro de las casas y recuerda a los ciudadanos que los monstruos sí que existen y son humanos, como nosotros. Sin embargo y como ya hemos mencionado, no debemos desmerecer gran parte de este mérito al gran gigante, aquel capaz de transmitir una sensación, un sentimiento y una emoción en cuestión de segundos a toda una población: el Mass Media. En este sentido, el sensacionalismo que se le dio a aquel caso, la revictimización extrema a la que fueron sometidas las víctimas familiares de las tres niñas y la desinformación (fomentada por los medios), llevaron consigo que incluso la sociedad, aunque parezca altamente rocambolesco, acabase pidiendo la absolución de Miguel Ricart, principal sospechoso de la muerte de las niñas junto con su compañero Antonio Anglés.

Por ello, una vez citado de forma breve el origen del sensacionalismo español en los casos criminológicos de mayor expectación, vamos a comenzar dando conciencia y luz a la triste realidad a la que nos vemos sometidos los profesionales desde hace décadas, donde los medios de comunicación e información moldean y tergiversan la opinión pública, llevándola hasta niveles extremadamente desorbitados, como puede ser la insistencia en dejar en libertad a uno de los sujetos autores de un triple asesinato (no hay que olvidar que algo similar ocurrió en el caso de Ted Bundy).

De este modo, para conocer mejor dicho fenómeno debemos adentrarnos más en él, comprendiendo cómo, a través de los medios, la opinión pública nace, se moldea y se ve dirigida hacia una sola dirección, creando así una especie de visión en túnel, donde lo único real deviene la salida de éste, obviando y negando las realidades que se esconden a los laterales. Para ello, no podemos proseguir con este artículo sin antes mencionar dos de los fenómenos más relacionados a esta realidad que venimos advirtiendo: se trata de la “agenda-setting” y el “framing”.

Así, entendemos el primer concepto como el poder que poseen los medios de comunicación para fijar en primer plano ciertos temas y asuntos de interés público nacional. Por otro lado, el “framing” se define como la legitimidad y la potestad de estos mismos medios para determinar cómo la sociedad debe pensar sobre unos sucesos, proporcionando, a priori, unos esquemas de interpretación básicos. Dichos esquemas no son establecidos al azar, o por motivos no maliciosos; todo lo contrario: mediante el encuadre noticioso y la atribución de responsabilidades los medios seleccionan y enfatizan aquello sobre lo que desean que posea mayor repercusión social y, por supuesto, aquello que hay que perseguir.

En este sentido, ambos fenómenos proporcionan énfasis o prioridad a determinados elementos de las noticias, simplificando o fraccionando la realidad mediante la selección de un hecho y exclusión de otros. Es decir, en lugar de entender y explicar de forma racional, objetiva y científica el origen de un suceso y los factores de riesgo que han intervenido en su desarrollo, reducen éste al mero entendimiento de que los criminales nacen con el mal en su interior y, por ello, deben pagar sus actos con la más pura consecuencia retribucionista: ojo por ojo y diente por diente.

Pero, ¿para qué pueden buscar los medios informativos moldear, sugestionar e influir en la opinión pública? La respuesta a esta cuestión es clara y sencilla, pero para entenderla, primero debemos sentar en el banquillo a los mayores beneficiados e interesados en este fenómeno: los partidos políticos.

Estos, empleando su influencia sobre los medios de comunicación de forma claramente conveniente, construyen en la sociedad una imagen distorsionada de la delincuencia, del delincuente y de la Justicia española. Con ello, se puede explicar de forma empírica y contrastada por qué en España, pese a que gozamos de una de las estadísticas de delincuencia más bajas y envidiables de toda Europa, poseemos, por contraposición, una de las tasas más altas de población penitenciaria. Frente a bajas estadísticas delincuenciales en nuestro país, España posee uno de los sistemas más retributivos y altamente penalizados de Europa, con condenas de prisión desorbitadamente prolongadas, las cuales consiguen una superpoblación carcelaria.

Así, en contraposición al hecho de que en nuestro país ingresa un bajo número de delincuentes en prisión (debido a las bajas tasas de delincuencia) y a la creencia popular de que éstos transcurren escasos períodos entre rejas, la realidad es que los delincuentes pasan largos años de su vida entre las paredes de un centro penitenciario. Como consecuencia, en España nos encontramos con una triste y distorsionada realidad: existe una superpoblación en las prisiones y esta no es debida a la gran magnitud de delitos cometidos, sino al constante endurecimiento de las condenas que consiguen aumentar la duración de estas. Además, cabe advertir que no nos referimos a delitos como homicidio o asesinato, pues las prisiones españolas se encuentran saturadas por otro tipo de delitos, como pueden ser el robo o la estafa.

Aunque suene inverosímil, esta realidad se ve creada y reforzada gracias a los encuadres noticiosos episódicos llevados a cabo por los medios. Pues si en lugar de buscar y analizar explicaciones culturales y políticas multifactoriales a la delincuencia buscamos respuestas individuales donde los culpables de los sucesos delictivos devienen determinados sujetos, reducimos hasta niveles irrisorios las verdaderas causas y orígenes de la criminalidad, atribuyendo su causalidad a los factores volitivos de los criminales y, con ello, a la creencia popular de que criminal no se hace, sino se nace.

Por tanto, poseyendo toda la opinión pública de un país sumida en esta quimera, los partidos políticos gozan de un camino ya previamente allanado, donde tan solo deben ofrecerse como el mejor postor para vencer a sus oposiciones. De este modo, aquel que ofrezca las propuestas de endurecimiento del Código Penal más jugosas será el que juegue con mayor ventaja; pues si la población está sumida en un terror plenamente infundado e irreal hacia la delincuencia tan solo deben ofrecerles aquello que necesitan para sentirse falsamente protegidos: penas más altas, más conductas tipificadas como delito y una mayor aplicabilidad de las penas de privación de libertad, o lo que llamamos en Ciencias Políticas “panpenalización”.

De esta forma, poseyendo un público atemorizado y una propuesta legislativa fuertemente retribucionista y penalizadora, el partido político ganador conseguirá ocupar el Poder Legislativo y la sociedad podrá dormir más tranquila, gracias a una falsa sensación de seguridad injustificada.

Sin embargo, teniendo en cuenta la larga lista de investigaciones criminológicas basadas en el empirismo (es decir, centradas en la experiencia y en la observación de los hechos), en la observación y en el estudio crítico y objetivo de la delincuencia en general y de la respuesta penal en concreto podemos advertir categóricamente lo siguiente: la pena privativa de libertad no funciona ni como método disuasorio de la delincuencia ni, en si misma, como método resocializador.

Por lo tanto, ante la cuestión “¿qué está yendo mal en nuestra sociedad y por qué no hallamos la forma de solucionar el problema?” tan solo cabe una única respuesta. Y es que la solución fue hallada hace más de 200 años y la Criminología posee la clave más efectiva, tanto a corto como a largo plazo, donde la reducción de la criminalidad y la delincuencia abandona el terreno de lo utópico para entronizar una realidad aplicable en todos los niveles sociales de una comunidad. No obstante, todavía nos encontramos con largos caminos que andar y grandes muros que atravesar, pues cuando la sociedad ha vivido largo tiempo sumida en una mentira de conveniencia, la verdad se presenta como una objetividad adulterada y manipulada.

Por ello, desde la comunidad criminológica insistimos en que el tratamiento del fenómeno delictivo sea tratado por expertos en delincuencia y criminalidad, dejando de lado el tan desfasado intrusismo profesional en los medios de comunicación, en los programas televisivos y en la prensa rosa; abandonando así la reducción de la Criminología y sus contribuciones al mero parloteo sensacionalista y populista, las especulaciones sin fundamento y sin rigor científico, y sobre todo, el ensalzamiento de una visión delictiva y una solución a ésta plenamente alejadas de la realidad.

Sólo la Criminología es capaz de encontrar la respuesta a la criminalidad y a los entresijos que esta esconde. Tan solo es necesario dejarnos entrar y actuar en diversos ámbitos sociales y comunitarios, atacando el problema desde su origen, desde su etiología; realizando una prevención primaria y secundaria del fenómeno delictivo. De este modo se demostraría que, con los criminólogos en la comunidad, no harían falta las prisiones.

Criminólogos, no desesperéis porque nuestro momento, tarde o temprano, llegará. Como una vez advirtió Joan Manuel Serrat, “caminante, no hay camino; se hace camino al andar”; y a nosotros, todavía nos queda travesía.

 

Artículo escrito por Raquel García, criminologa y miembro del Colegio Profesional de la Criminología de la Comunidad de Madrid

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